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Los impuestos. El Estado debe conseguir los
ingresos necesarios para pagar sus bienes públicos y
financiar sus programas de redistribución del ingreso.
Esos ingresos proceden de los impuestos sobre los
ingresos de las personas y de las sociedades, sobre los
salarios, sobre las ventas de bienes de consumo y sobre
otros artículos. Por otra parte, todas las
administraciones —los municipios, las regiones y el
gobierno central— recaudan impuestos para pagar
sus gastos.
Los impuestos se parecen a cualquier otro
«precio», en este caso, es el precio que pagamos por los
bienes públicos. Pero se diferencian en un aspecto
fundamental: no son voluntarios. Todo el mundo está
sujeto a la legislación impositiva; está obligado a
pagar una parte del costo de los bienes públicos.
Naturalmente, como ciudadanos elegimos a través del
proceso democrático tanto los bienes públicos como los
impuestos para pagarlos. Sin embargo, la estrecha
conexión entre el gasto y el consumo que se observa en
el caso de los bienes privados no existe en el de los
impuestos y los bienes públicos. Sólo pagamos una
hamburguesa si queremos una, pero debemos pagar la parte
que nos corresponde de los impuestos que se utilizan
para financiar la defensa y la enseñanza pública incluso
aunque no nos interesen nada esas actividades.
En nuestro análisis de las fallas del mercado, como
el monopolio o las externalidades, hemos señalado los
defectos del papel asignados de los mercados,
imperfecciones que pueden corregirse mediante una
intervención juiciosa. Pero supongamos por un momento
que la economía funcionara con una eficiencia total, que
siempre se encontrara en la frontera de posibilidades de
producción y nunca por debajo de ella, que siempre
eligiera la cantidad correcta de bienes públicos frente
a los privados, etc. Incluso aunque el sistema de
mercado funcionara perfectamente, podría generar un
resultado defectuoso.
Los mercados no producen necesariamente una
distribución justa del ingreso. Una economía de mercado
puede producir unos niveles de desigualdad del ingreso y
del consumo inaceptables para el electorado.
¿Por qué podría dar el mecanismo del mercado una
solución inaceptable a la pregunta de para quién? La
razón se halla en que los ingresos dependen de una
amplia variedad de factores, entre los cuales se
encuentran el esfuerzo, la educación, la herencia, los
precios de los factores y la suerte. La distribución del
ingreso resultante puede no ser un resultado justo.
Recordemos, además, que los bienes siguen a los votos
monetarios y no a las mayores necesidades. Es posible
que el gato de un rico esté recibiendo la leche que
necesita un niño pobre para estar sano. ¿Se debe eso a
que el mercado funciona mal? En absoluto, pues el
mecanismo del mercado cumple con su tarea, que es poner
los bienes en manos de los que tienen los votos
monetarios. Si un país gasta más en abonar el césped que
en alimentar a los niños pobres, se trata de un defecto
de la distribución del ingreso y de un defecto del
mercado. Incluso el sistema de mercado más eficiente
puede generar una gran desigualdad.
En un sistema de mercado la distribución del ingreso
a menudo parece fruto de accidentes de nacimiento. Todos
los años la revista Forbes publica la lista de los 400
norteamericanos más ricos y es impresionante ver cuántos
han heredado su riqueza o la han utilizado para
conseguir una aún mayor ¿Consideraría todo el mundo que
es necesariamente correcto o ideal? Probablemente no.
¿Debe permitirse que una persona se convierta en
multimillonaria simplemente porque ha heredado 10.000
kilómetros cuadrados de pastizales o porque su familia
posee pozos petrolíferos? Así es como se desmenuza la
galleta en el capitalismo basado.
Durante la mayor parte de la historia de Estados
Unidos, el crecimiento económico ha beneficiado a todo
el mundo, elevando el ingreso de los pobres y de los
ricos. Pero en las dos últimas décadas, esta tendencia
se ha invertido como consecuencia de los cambios de la
estructura familiar y de la reducción de los salarios de
las personas que tienen menos calificaciones y menos
estudios. Al ponerse de nuevo más énfasis en el mercado,
ha aumentado el número de personas que carecen de hogar
y de niños que viven en la pobreza y ha vuelto la
miseria a muchas de las grandes ciudades de Estados
Unidos.
La desigualdad del ingreso puede ser
inaceptable desde el punto de vista político o ético. Un
país no tiene por qué aceptar el resultado de los
mercados competitivos como algo predeterminado e
inmutable; los individuos pueden examinar la
distribución del ingreso y llegar a la conclusión de que
es injusta. Si a una sociedad democrática no le gusta la
distribución de los votos monetarios a que da lugar un
sistema de mercado de laissez faire, puede
adoptar las medidas necesarias para modificar la
distribución del ingreso. |