Los impuestos y la equidad de cara a la economía

El 18 de Junio de 2010 por Kervin Vergara en Mercado, estado y economía

Los impuestos. El Estado debe conseguir los ingresos necesarios para pagar sus bienes públicos y financiar sus programas de redistribución del ingreso. Esos ingresos proceden de los impuestos sobre los ingresos de las personas y de las sociedades, sobre los salarios, sobre las ventas de bienes de consumo y sobre otros artículos. Por otra parte, todas las administraciones —los municipios, las regiones y el gobierno central— recaudan impuestos para pagar sus gastos.

Los impuestos se parecen a cualquier otro «precio», en este caso, es el precio que pagamos por los bienes públicos. Pero se diferencian en un aspecto fundamental: no son voluntarios. Todo el mundo está sujeto a la legislación impositiva; está obligado a pagar una parte del costo de los bienes públicos. Naturalmente, como ciudadanos elegimos a través del proceso democrático tanto los bienes públicos como los impuestos para pagarlos. Sin embargo, la estrecha conexión entre el gasto y el consumo que se observa en el caso de los bienes privados no existe en el de los impuestos y los bienes públicos. Sólo pagamos una hamburguesa si queremos una, pero debemos pagar la parte que nos corresponde de los impuestos que se utilizan para financiar la defensa y la enseñanza pública incluso aunque no nos interesen nada esas actividades.

En nuestro análisis de las fallas del mercado, como el monopolio o las externalidades, hemos señalado los defectos del papel asignados de los mercados, imperfecciones que pueden corregirse mediante una intervención juiciosa. Pero supongamos por un momento que la economía funcionara con una eficiencia total, que siempre se encontrara en la frontera de posibilidades de producción y nunca por debajo de ella, que siempre eligiera la cantidad correcta de bienes públicos frente a los privados, etc. Incluso aunque el sistema de mercado funcionara perfectamente, podría generar un resultado defectuoso.

Los mercados no producen necesariamente una distribución justa del ingreso. Una economía de mercado puede producir unos niveles de desigualdad del ingreso y del consumo inaceptables para el electorado.

¿Por qué podría dar el mecanismo del mercado una solución inaceptable a la pregunta de para quién? La razón se halla en que los ingresos dependen de una amplia variedad de factores, entre los cuales se encuentran el esfuerzo, la educación, la herencia, los precios de los factores y la suerte. La distribución del ingreso resultante puede no ser un resultado justo. Recordemos, además, que los bienes siguen a los votos monetarios y no a las mayores necesidades. Es posible que el gato de un rico esté recibiendo la leche que necesita un niño pobre para estar sano. ¿Se debe eso a que el mercado funciona mal? En absoluto, pues el mecanismo del mercado cumple con su tarea, que es poner los bienes en manos de los que tienen los votos monetarios. Si un país gasta más en abonar el césped que en alimentar a los niños pobres, se trata de un defecto de la distribución del ingreso y de un defecto del mercado. Incluso el sistema de mercado más eficiente puede generar una gran desigualdad.

En un sistema de mercado la distribución del ingreso a menudo parece fruto de accidentes de nacimiento. Todos los años la revista Forbes publica la lista de los 400 norteamericanos más ricos y es impresionante ver cuántos han heredado su riqueza o la han utilizado para conseguir una aún mayor ¿Consideraría todo el mundo que es necesariamente correcto o ideal? Probablemente no. ¿Debe permitirse que una persona se convierta en multimillonaria simplemente porque ha heredado 10.000 kilómetros cuadrados de pastizales o porque su familia posee pozos petrolíferos? Así es como se desmenuza la galleta en el capitalismo basado.

Durante la mayor parte de la historia de Estados Unidos, el crecimiento económico ha beneficiado a todo el mundo, elevando el ingreso de los pobres y de los ricos. Pero en las dos últimas décadas, esta tendencia se ha invertido como consecuencia de los cambios de la estructura familiar y de la reducción de los salarios de las personas que tienen menos calificaciones y menos estudios. Al ponerse de nuevo más énfasis en el mercado, ha aumentado el número de personas que carecen de hogar y de niños que viven en la pobreza y ha vuelto la miseria a muchas de las grandes ciudades de Estados Unidos.

La desigualdad del ingreso puede ser inaceptable desde el punto de vista político o ético. Un país no tiene por qué aceptar el resultado de los mercados competitivos como algo predeterminado e inmutable; los individuos pueden examinar la distribución del ingreso y llegar a la conclusión de que es injusta. Si a una sociedad democrática no le gusta la distribución de los votos monetarios a que da lugar un sistema de mercado de laissez faire, puede adoptar las medidas necesarias para modificar la distribución del ingreso.

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