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Muchas de las cuestiones discutidas en los párrafos
precedentes son ejemplos del problema
principal-agente, que se encuentra en muchos campos
de la economía. En cada caso, una persona (el principal)
cree conveniente delegar la toma de decisiones en otra
persona (el agente) para que actúe en nombre suyo.
El problema surge cuando los intereses del
agente no coinciden con los del principal. Cuando
la información es difícil de obtener, el principal
tendrá dificultades para observar el comportamiento del
agente y comprobar si éste está actuando siguiendo los
intereses del principal.
El problema agente-principal surge cuando el
principal no puede observar completamente la información
de que dispone el agente a quien se le ha delegado un
proceso de toma de decisiones.
Así, se puede pensar en los votantes como los
principales, que delegan las decisiones del día a día a
los políticos elegidos. De la misma forma, los gobiernos
actúan como principales, delegando algunas decisiones a
los funcionarios que actúan como sus agentes.
También es útil pensar en grandes empresas desde esta
perspectiva: el gestor o el administrador es el agente
nombrado por el principal (el consejo de administración
si la empresa es privada, el gobierno si es pública).
También se puede entender si se supone que los
trabajadores de la misma son los agentes del
administrador.
Por supuesto que los principales no son tontos. Es
obvio que agentes observados de forma insuficiente se
enfrentan a grandes tentaciones de atender en exclusiva
sus propios intereses.
Los gobiernos pueden recompensar a sus
incondicionales en lugar de velar por todos los
votantes; los funcionarios pueden pensar que saben más
que sus jefes políticos («Sí, señor ministro!»); los
administradores pueden optar por una vida tranquila en
lugar de esforzarse para generar beneficios para los
accionistas; los trabajadores pueden faltar al trabajo.
¿Qué pueden hacer los principales, al emplear agentes,
para resolver esta situación?
La solución general que ofrece la teoría del
principal-agente es que el principal diseñe un
contrato para el agente que mejor refleje los intereses
del principal. El contrato intenta ofrecer al agente los
incentivos suficientes para que se comporte como el
principal desea. Y, dado que la información no está
automáticamente disponible para el principal, el
contrato basado en las acciones del agente deberá
especificarse en términos de resultados que el principal
pueda observar fácilmente.
Entonces, el electorado y el gobierno pueden creer
simultáneamente que existe un contrato implícito: los
votantes no pueden conocer con certeza las decisiones
del día a día del gobierno, pero un desastre desde el
punto de vista de desempleo, inflación o presupuesto
puede ser duramente castigado en las siguientes
elecciones.
Algunas ‘veces el contrato es bastante más explícito.
Por ejemplo en Nueva Zelanda el control de la política
monetaria y de la inflación ha sido completamente
delegado al Banco Central de Nueva Zelanda, cuyo
gobernador tiene que acordar una tasa anual de inflación
con el gobierno; si la inflación se desvía mucho del
objetivo, el gobernador es despedido. |