Desarrollando un escepticismo saludable

El 16 de Junio de 2010 por Kervin Vergara en Ciencias económicas

Muchas personas prefieren que los periódicos y las noticias por televisión piensen por ellos. Esperamos con este libro proporcionarle unas buenas herramientas para que aprenda a pensar por sí solo. Aquí tiene un ejemplo típico.

Un presentador de televisión está entrevistando a dos políticos sobre los servicios de salud. El político de la oposición está enfadado por los recortes en el apoyo del gobierno a los hospitales: menos camas, menos enfermeras, mayores listas de espera. El ministro de salud pacientemente explica que el gasto en sanidad de su gobierno es el mayor jamás realizado en el país.

Su primera reacción es pensar que alguno de los dos políticos está mintiendo. Probablemente creerá automáticamente al político del partido que usted apoya normalmente. Alternativamente, usted podría intentar reflexionar sobre los argumentos de uno y otro. ¿Qué están diciendo? ¿Qué tipo de evidencia se requeriría para comprobarlo? Veamos cómo podemos pensar más claramente sobre la política gubernamental hacia los servicios de salud. Se ofrece un ejemplo ilustrativo para el Reino Unido, aunque el presupuesto de sanidad es un tema de interés en todos los países.

Las encuestas de opinión en el Reino Unido confirman un interés generalizado acerca de los recortes en los servicios de salud; las personas habían identificado (y les preocupaban) dichos cambios. En este sentido, el político de la oposición estaba diciendo la verdad. Pero también el ministro de salud. La tabla muestra que el gasto del gobierno en salud en términos reales (ajustado por la inflación) aumento en más del 27 por 100 entre 1990 y 1998.

¿Por qué entonces hay una percepción generalizada de que los servicios de salud se han recortado? Esencialmente por dos razones. La primera es que las personas ahora viven más. La fracción de la población británica mayor de 65 años se estima que crecerá del 23 por 100 en 1980 al 31 por 100 en el 2030. Las personas mayores necesitan más servicios de salud que los jóvenes. La segunda razón es que los avances en la tecnología médica no sólo nos permiten vivir más, sino que hacen que tratamientos caros y sofisticados estén disponibles para un mayor número de personas. Naturalmente, los pacientes desean recibir cualquier tratamiento que les pueda ayudar a mejorar su situación.

La fila inferior de la tabla muestra que el gasto público en salud ha aumentado a la misma velocidad que la producción nacional. Su participación porcentual se ha mantenido constante en este período. Sin embargo, con una población cada vez de mayor edad, el gasto en salud debe aumentar más que proporcionalmente que la renta nacional para que la población mayor mantenga el mismo nivel de atención que antes. Si, además, se permite a todas las personas el mismo acceso a cada nuevo tratamiento por caro que sea, el gasto en salud debería aumentar mucho más todavía.

Ambos políticos en la entrevista de la televisión están realmente obviando la cuestión. Están discutiendo sobre quién malinterpreta las cifras: si, medido apropiadamente, el gasto real en sanidad ha aumentado o disminuido. Esta no es la cuestión más importante. El gasto en sanidad podría aumentar enormemente sin ser capaz de satisfacer todas las necesidades de la población.

La cuestión más importante es la escasez. Nuestros recursos son limitados, y debemos decidir en qué los gastamos. Si queremos mantener los estándares pasados en una población que ahora tiene una mucho mayor proporción de viejos y si queremos que los grandes avances tecnológicos y médicos sean universalmente accesibles, deberemos gastar mucho más en sanidad y deberemos gastar mucho menos en otras cosas. Estos recortes podrían darse en el sector público (recortar el presupuesto de defensa) o en el sector privado (menos bienes de consumo, lo que nos permitiría pagar más impuestos para financiar el presupuesto sanitario).

Alternativamente, la sociedad puede decidir que no es posible reducir excesivamente la financiación de los cascos azules o dejar de comprar aparatos electrónicos, en cuyo caso se deberán enfrentar las consecuencias de un sistema de salud con escaso presupuesto. De alguna forma se racionará el acceso de las personas a los servicios de salud para poder mantener el gasto constante sin reducir el gasto en otras actividades. Este racionamiento puede hacerse a través de los mercados (haciendo que las personas paguen por algunos servicios) o a través de reglas (restringiendo el acceso a ciertos tratamientos). La forma en la que la sociedad resuelva esta cuestión afectará lo que se produce, cómo se produce y, dramáticamente en este ejemplo, para quién se produce. Esto, por supuesto, es un debate que cuesta trabajo resolver. Los políticos se enfrentan a la gran tentación de heredar la solución de cuestiones delicadas a sus sucesores.

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